03/12/2020 Elena Pedrosa

Recordar Hiroshima

Reseña y reflexiones en torno a la exposición «Hiroshima & Nagasaki: cultura de paz», de Toñi Guerrero


«¿Quién habla de victorias?
Sobreponerse es todo».
(Rilke, Requiem, 1908)*

Hemos construido una sociedad basada en la guerra. Es la reflexión que me lleva rondando la cabeza durante todo este tiempo de consumo y análisis de la comunicación en pandemia. El lenguaje bélico asumido por los políticos y los medios, sus términos muy bien elegidos, nos hacen afrontar el mundo desde la defensa como la única herramienta para nuestra paz de cada día. Debemos convertirnos en seres resilientes para lograr acabar con el agente atacante. La tensión diaria al sentirnos depredados, el miedo a no ser el más apto y, por tanto, indigno para la supervivencia, nos convierte en la sociedad con mayor índice de patologías emocionales y psicosomáticas de la historia. ¿Habría otra manera de concebir el mundo?, ¿qué es realmente la paz? -me pregunto.

Es esta reflexión interior constante la que me lleva, desde la sala Mijas de La Térmica, mientras converso con Toñi Guerrero y su comisario, Agustín Rivera, sobre su exposición “Hiroshima & Nagasaki: Cultura de paz” , a quedarme congelada ante la imagen de una camiseta reivindicativa que reproduce el artículo 9 de la constitución japonesa, sobre la renuncia a la guerra. Según me explica el comisario, hay una controversia en la sociedad japonesa: “la Constitución japonesa deja muy claro que Japón no puede tener ejército. El Gobierno nipón quiere cambiar esta parte de su Carta Magna, redactada por las Fuerzas de Ocupación de Estados Unidos. Hay una fuerte oposición de gran parte de la sociedad.” * 

©Toñi Guerrero

El manejo de los “civiles” por parte de los ejércitos y corporaciones nacionales y supranacionales es un juego sucio que llevamos viviendo desde entonces hasta ahora. Parece curioso que, además, en Japón se establezcan los tres principios antinucleares justo después de los ataques nucleares, en 1945 y 1968. Dentro de la lógica de la defensa como arma de paz, estos principios pueden considerarse una herramienta de vulnerabilidad frente al ataque. Una vulnerabilidad mayor conforme crecen los intereses económicos promovidos por las tecnologías más avanzadas “de nuevo tipo y extremadamente potentes” (fragmento de la carta que Einstein le escribió a Roosvelt en 1939 ofreciéndole la investigación en energía atómica para producir bombas) que se sirven en bandeja al opresor. ¿La investigación y fabricación de armas de muerte cada vez más potentes nos lleva a la paz o nos lleva a cambiar el rol de opresor de unas manos a otras? -me pregunto.

La falta de rencor y de odio quizá sea lo más admirable de las dos ciudades más pacifistas del planeta, tal y como las retrata hoy desde su cámara Toñi Guerrero. La delicadeza y el cuidado nipones tiene un equilibrio al otro lado de la cámara en el respeto con el que Toñi se acerca, participando su emoción al contemplar desde fuera la experiencia vivida, y en su forma de expresar a través de imágenes esa falta de “dolor antiguo” que, según ella, lleva a esta cultura a estar más cercana al pacifismo. 

El ser humano es un ser vivo que tiende de manera natural a la autopoiesis, se regenera y reconstruye por su inercia a la vida después de las catástrofes. Ese es el mensaje de esperanza que Toñi Guerrero nos trae a través de las vivencias de los Hibakushas (supervivientes) en este reportaje fotográfico que puede visitarse en La Térmica hasta el 8 de diciembre.

Con la sucesión dinástica, desde 2019 Japón vive una era de “hermosa armonía” (Reiwa) que conmemora en agosto de este año tras el 75 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Mediante la fotografía, la autora muestra el cambio de mentalidad de diferentes generaciones de japoneses en una serie de fotografías humanistas desplegadas con una narración pausada, con imágenes poéticas y a la vez documentales.

©Toñi Guerrero

©Toñi Guerrero

©Toñi Guerrero

©Toñi Guerrero

“Es el miedo al poder del otro, al sometimiento, lo que hace que sigan en pie estas armas” *

«El pueblo japonés -explica la autora- cuenta con una manera muy distinta de vivir el trauma del conflicto: supera las adversidades en una clara simbiosis con la armonía interior, frente a la civilización occidental, más centrada en las manifestaciones exteriores.» *

Dice Ken Knabb (1) que “las personas comprometidas en movimientos de cambio social pueden aprender del nivel de conciencia, la ecuanimidad y la autodisciplina fomentadas por la práctica budista; y los budistas apolíticos pueden ciertamente hacerlo de enfrentarse a cuestiones sociales.”

“En medio de la guerra de Vietnam, algunos monjes, monjas y seglares budistas rompieron con 2.500 años de tradición apolítica budista y fundaron la orden Tiep Hien en un intento de poner en relación la ética budista y la práctica de la meditación con temas sociales contemporáneos. Los miembros de la orden organizaron manifestaciones contra la guerra, apoyo clandestino a los prófugos y varios proyectos de socorro y servicio social.” El “budismo socialmente comprometido” se ha extendido a los budistas de todo el mundo. Una de sus principales expresiones en Occidente, la Buddhist Peace Fellowship (Asociación Budista para la Paz), define su propósito como un intento de “llevar la perspectiva budista a los movimientos contemporáneos por la paz, la defensa del medio ambiente y la acción social”.

Si la verdadera comprensión de la vida en sociedad es la que nos muestra como una parte del todo, esa espiritualidad que nos viene dando pistas en biología, psicología y medicina acerca de la verdadera composición holística del ser humano y de la sociedad, tendríamos que tener claro que el aislamiento individual, como la alienación social, son contraproducentes ante la idea de simbiosis que da lugar a la supervivencia de las especies. Por otro lado, esa separación entre mente y espíritu en la que se basa la estructura social en la que vivimos nos lleva a buscar soluciones en uno u otro ámbito, cuando se viene demostrando que la verdadera revolución del pensamiento es integral. Si Henri Cartier-Bresson insistía en que «Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje», quizá sea buena opción seguir su ejemplo y el de las fotografías de Toñi Guerrero, para comprender cuál es la materia de la verdadera humanidad.

Günther Anders, filósofo de origen judío conocido por su postura antinuclear, nacida del binomio Auschwitz-Hiroshima, y sus reflexiones sobre los avances tecnológicos y su papel dentro de las estructuras de poder, y Claude Eatherly, el comandante que dio la orden para el lanzamiento de la primera bomba atómica de la historia sobre la población de Hiroshima, mantuvieron durante varios años una relación epistolar (2). Su conclusión, más allá del papel de víctimas o verdugos, es clara: “El mundo tecnificado nos implica en hechos cuyos efectos somos incapaces de representarnos. Esto hace que podamos ser inocentemente culpables como nunca antes.” Sobre el concepto de la banalidad del mal reflexionaría posteriormente Hannah Arendt (3), refiriéndose a la mente-máquina de las personas que actúan cumpliendo órdenes sin implicarse más allá de los valores morales o éticos que conllevan dichas órdenes, y es ésa la tendencia del mundo tecnificado que nos lleva a catástrofes que nunca hubiéramos vivido sin la herramienta técnico-científica (y sus beneficios económicos y de poder).

Eatherly morirá en el manicomio en 1978, con 70 años. Nunca obtuvo el consuelo de que lo considerasen oficialmente culpable. Pero en 1959 recibió otra carta que alivió su carga. Estaba firmada por 30 jóvenes japonesas. Dice así. «Estimado señor: Todas nosotras somos chicas que, aunque tuvimos la suerte de escapar a la muerte, fuimos heridas en nuestros rostros y en nuestro cuerpo por las bombas atómicas. Nuestros rostros muestran cicatrices y heridas, y es nuestro deseo que esa cosa horrible a la que se llama “guerra” no se repita jamás. Hemos sabido que los sentimientos de culpabilidad lo atormentan y que ha sido internado en un psiquiátrico. Le escribimos para expresarle nuestra más profunda conmiseración y asegurarle que no sentimos odio hacia usted […]. Lo consideramos una víctima más.» (4)

“Me quedo, sobre todo, con la historia que hay detrás de cada una de estas imágenes” *

Toñi Guerrero Barrionuevo (www.toniguerrero.com). Malagueña de 1971, especializada en fotografía social, retratos y fotoperiodismo, ha publicado sus trabajos fotográficos en El Confidencial. En esta exposición nos acerca la experiencia de personas concretas que sufrieron las consecuencias de las decisiones gubernamientales y de herramientas tecnológicas de poder:

«Me impactó mucho la historia de Mori-san. En la tarde del 6 de agosto, tras la explosión atómica, se encontró con una niña que tenía el cuerpo en carne viva. Le pidió agua y ella siguió su camino. Esa imagen le ha marcado su vida. Se siente culpable de no haberla ayudado.»*

©Toñi Guerrero

«Hay una chica, enferma de cáncer, que tiene tras de sí unas imágenes de muchachos con deformidades. Mira a la cámara con agrado, simpatía pero también percibo un cierto atisbo de rabia.»*

Es sin duda esta fotografía que “cuenta algo, que transmite, que no te deja indiferente” la que nos anima a mirar más de cerca a los protagonistas de las historias que ha congelado Guerrero en sus instantáneas, a reflexionar acerca de la lección aún no aprendida, a comprender nuestro papel en el complejo tejido social de este mundo que hemos ido construyendo a golpe de elecciones individuales y consensos sociales, pero con la luz y el color de la delicadeza de la celebración que nos traslada Toñi Guerrero desde su experiencia.

©Toñi Guerrero

Sobreponerse es la mayor victoria, para Rilke, Toñi Guerrero y los hibakushas. La espiritualidad oriental nos enseña, si queremos escuchar, que lo que es dentro es fuera. En occidente se malinterpretará como un intento más de hacer recaer la responsabilidad de la humanidad en la pequeña gota de la cotidianeidad del humano “de a pie” (como si no tener un pequeño gesto de reciclaje fuera una irresponsabilidad mayor que mantener el índice de contaminación industrial por parte del lobby que forman gobiernos y empresas).

Sobreponerse, resistir, no son signos de inferioridad ni vulnerabilidad ante el ataque de esta sociedad secuestrada por la ira, la ambición y el miedo. Se trata del estado de paz necesario en cada una de esas gotas de mundo que somos para poder lograr un estado de paz social. Quizá, en estos momentos de concepción del mundo en guerra que, desde aquellos ataques indiscriminados, nos sumen en la mayor de las impotencias, lo único que podamos hacer sea, como esos hibakushas, ser una gota más de perdón, de respeto, de paz interior. Un espíritu común que, desde el kokoro de cada una de las células que conformamos este planeta, respire como un único ser capaz de desplegar con fuerza un estado de paz verdadero. Esa sería la energía más potente de todas.

NOTAS y BIBLIOGRAFÍA CITADA:

*[Texto obtenido del catálogo de la exposición]

(1) KNABB, K. (1993), “Duras lecciones para budistas comprometidos” en Bobpsecrets: http://www.bopsecrets.org/Spanish/buddhists.htm

(2) ANDERS, G. (1962) «El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia.»
(3) ARENDT, H. (1963), «Eichmann en Jerusalen. Un informe sobre la banalidad del mal.»

(4) SANCHEZ, C.M. (2018) «Las cartas del piloto loco» en XL Semanal, 23 de noviembre.
https://www.xlsemanal.com/conocer/historia/20181123/hiroshima-bomba-atomica-segunda-guerra-mundial-hombre-dio-la-orden.html